16.0 El vendedor de humo

Tras la defenestración del Emérito, y como en aquel garito nunca se acababan las sorpresas, además de Mortadelo, que venía de la rama industrial del Grupo y a quien se había encomendado básicamente parchear la Fábrica lo más rápido posible para evitar males mayores, el ingeniero decidió en su magna sabiduría nombrar a un VP Sales (vicepresidente de ventas), que debía gestionar la parte comercial del negocio en España. Se suponía que iba a trabajar en tándem con Mortadelo, uno en fabrica y otro en oficinas. El elegido resultó ser Rosario Santapaola (lógicamente apodado Filemón), a quien Jaimito ya conocía porque era el responsable de Cosmética, su segundo gorro dentro de la compañía aparte de los productos básicos. Se suponía que aquel caballero iba a instalarse total o parcialmente en Oficinas para reorganizar lo que era de hecho una empresa aparte (DESASTRE S.A.) en una unidad de negocio de StiCazzi, integrarla en el SAP y buscar sinergias. Exactamente lo contrario del trío calavera, que huía como de la peste de cualquier contacto con el Grupo que no fuera exclusivamente el suyo porque, claro, mientras los sistemas de gestión fueran incompatibles, los sanmarineses se habían de creer los números que les pasaba Alicia (y por tanto, ignoraban los chanchullos locales). Pero nadie contaba con la rebeldía del garçon. Obviamente, el trío calavera era ampliamente conocido en San Marino (quisiéranlo o no, eran accionistas), sobre todo el garçon, quien había sido apodado allí “il gatto” (el gato) mientras que el Emérito era “la volpe” (el zorro); se desconoce si Alicia tenía mote, pero parece que no. Era de dominio público el desprecio del garçon por todos sus colegas (del primero al último), por lo que ya se ha dicho que el brillante plan del Grupo era, no despedirle porque eso hubiera ido contra el glamur idílico de la Compañía (y hubiera costado una pasta gansa), sino orillarle y aburrirle hasta que se largara por sí solo.


¿Y qué hizo nuestro amigo Filemón en la tesitura (antes explicada) de no poderse fumigar al garçon? Pues lo mejor que sabía hacer: básicamente nada. Atrincherarse en su casa haciendo marketing: la nueva página Web (maravillosa), los nuevos catálogos (preciosos, si la mitad de los productos que aparecían no fueran mentira), asistir a ferias, comprar estudios de mercado… Aún se está riendo todo el mundo del “zasca” que le propinó el garçon en un Teams, con todo el equipo comercial presente y Mortadelo de testigo, a cuenta de un estudio sobre estabilizantes del que le recomendó que, si había pagado por él, pidiera que le devolvieran el dinero. Eso por no mencionar que su mujer tiene un negocio de catering de mucho éxito, que tiene tres hijas postadolescentes a las que tiene que orientar en materia laboral y un padre anciano y enfermo. Claro, con todo eso que hacer, ¿cómo iba a encontrar tiempo para venir a España a dirigir la parte comercial del garito? Pero eso sí, cuando estaba stanco (= harto, en italiano) salía a correr por las cercanías de su casa, porque (él sí) tenía concedido el home office.


Se le ha llamado vendedor de humo porque es lo mejor que sabe hacer. A Jaimito, cuando entró como (mini) subordinado suyo en la Cosmética (más adelante se explica) le prometió el oro y el moro, le dijo que era su persona de confianza en Oficinas, que le iba pasar en exclusiva a la Cosmética para no depender del Emérito y del garçon y que le iba a arreglar el sueldo… para acabar confesándole año y medio más tarde que no tenía potestad para hacer nada de lo que le había dicho. Allí fue donde Jaimito le puso la cruz y la raya.


Un último apunte es que, un mes antes de cerrarse este texto, Filemón fue defenestrado por la vía rápida (le llamó a consultas su jefe un jueves después de comer y a media tarde su correo ya estaba inactivo). Fue víctima de la trampa saducea que representó la Cosmética, con aquel montaje tan raro de sacar producto de tres fábricas y tratar de rellenar un catálogo con productos trillados, que cualquiera podía fabricar más barato. La jefa global de compras de una gran multinacional de la cosmética, ya por 2016, cuando le fueron a explicar el áulico proyecto se despachó con una frase lapidaria (y nunca mejor dicho): “¿En serio queréis vender materia prima para acondicionadores para el pelo, que hay dos docenas de fabricantes, con stock en España, entrega de un día para otro y un precio que no llega a 80 cts/kg?”. Pues bien, esa lápida lleva el nombre de Rosario Santapaola, D.E.P.


De hecho, el desmantelamiento de la Cosmética había empezado ya un par de meses antes, con el retorno a su otra división de un vendedor sanmarinés que estaba al 50% en cada una, y con el licenciamiento de otra vendedora, también sanmarinesa, que sí estaba al 100%. Pobre, pese a tener los mejores mercados (Italia, Francia, UK) no conseguía hacer crecer la cifra de ventas lo necesario, y se la quitaron de encima. Por suerte, tenía muy buena relación con un antiguo distribuidor de StiCazzi y la ficharon al cabo de pocos días, con lo que pudo consolidar la indemnización y (se supone) reírse mucho del Grupo y de su glamur.


La última paja, la que quebró el lomo del camello, fue la marcha de Calderone, que era el único sanmarinés que quedaba del montaje de la Cosmética, y que estaba en el punto de mira del garçon, básicamente porque estaba a caballo entre los dos negocios (StiCazzi y DESASTRE S.A.) y por lo tanto fuera de su alcance directo (o sea, que no se lo podía fumigar directamente). Aparte de la moribunda Cosmética que dependía de StiCazzi, se le encomendaron los clientes pequeños de DESASTRE S.A. que habían llevado Juanito y Jaimito (los grandes y lustrosos se los quedó él, como de costumbre) para poder justificar al cabo de unos meses que no vendía un clavel y botarlo, no porque no hubiera faena, sino porque prefería fichar un junior con base en España para poderle chillar adecuadamente, como hacía con Froilán, cuando el Ribera de Duero le aconsejaba hacerlo. Calderone, bien asesorado, se buscó la vida de inmediato y presentó la dimisión, con rumbo a una empresa seria.

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