3.0 El Emérito

Ejercía de Director General un demente ya entrado en años, a quien acabaron jubilando con setenta prácticamente a la fuerza (más sobre ello más adelante) que atendía por Segismundo Baratech, a quien sin despeinarse cualquier loquero competente diagnosticaría, o bien un trastorno bipolar, o bien esquizofrenia (el jurado aún está deliberando), capaz de estar despachando con alguien un tema trivial para, en un momento, agarrar el móvil, ponerlo en manos libres y empezar a vociferarle a algún pobre desgraciado de Fábrica por un quítame allá esas pajas... con media docena de personas en el despacho, a modo de convidados de piedra. Entre los muchos (y bochornosos) momentos como ese que tuvieron lugar, hubo uno inolvidable (por lo chungo), en el que se puso a explicarle con guasa a Anselmo Comendador (el jefe de Planta Ésteres) que después de utilizar un reactor había que limpiarlo, igual que a los bebés se les limpia el culito al cambiarles el pañal. Tal cual. Dicho así suena hasta gracioso, pero “humillante” es lo menos que se le ocurre a uno. Ese mismo currito, durante otro "carrussel broncativo" retransmitido vía móvil, estuvo a punto de presentar la dimisión en vivo y en directo porque empezó a articular aquello de “vete a tomar…”. Por suerte para todos, el Emérito se dio cuenta rápidamente y colgó antes de que hubiera dicho nada irreversible con media docena de testigos. Pero ese era el ambiente en DESASTRE S.A., una fiesta continua.


Uno de sus trucos favoritos era buscar un tema, cuanto más abstruso y lejano en el tiempo mejor, y exigir imperiosamente que la víctima (normalmente aleatoria, pero a menudo del equipo comercial) le buscara todos los E-mails que hubiera sobre el asunto, para despacharlo con él al día siguiente, en su despacho y en persona. El truco consistía en que, si el manillar de bicicleta aparecía con más de cien páginas de E-mails y con el asunto bien estudiado, el Emérito perdía rápidamente el interés y le dejaba en paz, pero si le veía poco preparado le machacaba hasta el infinito y más allá. Normalmente se trataba de oportunidades de negocio que habían sido ya estudiadas años atrás y que habían decaído porque Fábrica era incapaz de hacer esto o lo otro o porque en su momento al Emérito no le hicieron tilín, pero que no se le ocurriera a un mindungui decirlo (él podía) porque entonces se ponía aún más borde. Otro clásico (tanto para comercial como para el customer service) era tener que ir a que te firmara un boletín de reclamación (se explica más adelante).

 

Por la tarde y a menudo los viernes, cerca ya de la hora de salida, salía de su macro despacho con las manos en los bolsillos buscando a quién empapelar, con motivo o sin él, daba igual, simplemente para demostrar quién estaba al mando. ¡La de veces que lloraron las chicas de compras o del customer service debido a broncas totalmente gratuitas, puesto que el motivo del fallo estaba más allá de la potestad de las mismas! En casi ocho años pasaron hasta siete chicas diferentes por compras, una de las cuales se fue simplemente porque no aguantaba el estrés. Otras, con más suerte, echaron currículos hasta escapar de la pesadilla. Una en particular (Sandra Iniesta, a la que me he referido hace un momento) solía avanzar por el pasillo hacia la fotocopiadora que estaba en el archivo, al lado del ala de los comerciales, completamente desencajada y blanca como el papel debido a un chorreo u otro. Daba igual la causa: si el fallo no era suyo por acción era por omisión porque (claro), un manillar de bicicleta que apenas cobra mil euros al mes tiene que estar al tanto de todo, todo y todo, igualito que el baranda que cobra doce mil. Sí, doce mil netos al mes, no es ninguna errata. Destaca que siempre fichara mujeres para esos puestos y destaca aún más que prefiriera echar chorreos a las chicas, no fuera que algún chico le saliera respondón y/o le diera un mal tanto (los valientes mueren una vez, los cobardes mueren mil veces). A la susodicha Sandra le hicieron un contrato temporal (seis meses o un año) y cuando se lo fueron a renovar les dijo que se lo metieran por donde amargan los pepinos, que estaba harta de chorreos, y se largó.

 

Eso sí, tanta valentía que derrochaba para gritar a los trabajadores, al parecer le faltaba en la antigua Fábrica, que tenía cerca de la entrada una acumulación de chatarra (material viejo del que el Emérito se resistía a desprenderse). En diversas ocasiones, entraron unos amigos de lo ajeno a afanar hierro de aquel montón, y el valeroso líder, en lugar de empuñar un bate de béisbol y liderar al personal en defensa del patrimonio de la Empresa, llamaba a Jacobo-Alonso y a Rodrigo Vico para que bajaran ellos (que obviamente eran prescindibles) a enfrentarse a los ladrones. Consta que Jacobo-Alonso, con la buena educación que le caracteriza, les solía conminar a que por favor abandonaran el lugar cuando hubieran acabado.

 

Y obviamente el Emérito estaba al tanto de todo porque, si bien la empresa pertenecía al supuestamente guay del Paraguay grupo multinacional StiCazzi, de San Marino, en el enjuague que representó la toma de control de DESASTRE S.A. por parte de los sanmarineses, él y sus dos mamporreros, el pseudodirector comercial y la pseudodirectora financiera, se quedaron con un pequeño paquete de acciones (3%, 1% y 1% si radio macuto no se equivoca) que sumar a sus mega sueldos (250 k€ el Emérito, 100 k€ tanto el garçon como Alicia). Eran tan bobos, que una vez se dejaron un Excel en la carpeta común del servidor, en el que figuraba un desglose de las nóminas de 2018 de todo el mundo, tanto Fábrica como Oficinas (y, por supuesto, Dirección), luego lo antedicho no admite discusiones. Así que cada año se calzaban ese sueldo, más un mega bonus en función de resultados, que siempre eran espectaculares gracias a la contabilidad creativa, más los dividendos correspondientes a las acciones. En fin, señores, que ellos sí que estaban motivados para sacarle provecho al chiringo.

 

El Emérito actuaba con la misma sutileza que Mobutu Sese Seko (el famoso dictador africano), y cierta vez que hubo escasez de sorbitol (un alcohol que se utilizaba para fabricar ésteres de sorbitan, que dejaban un buen margen) debido a la parada de mantenimiento de un proveedor importante, y viendo que el precio de la materia prima le subía pero que el mercado no le aceptaba subidas equivalentes en los ésteres, le estuvo a punto de dar un parraque y simplemente se negó a fabricar al grito de “El sorbitol es mío y no lo vendo”. A lo mejor pretendía especular con él como si de lingotes de oro o de krugerrands de curso legal se tratara. Era así de rarito. Y, dado lo despejado de su testa, no es que le hubiera dado un ataque de caspa…

 

Hay que decir que, pese a actuar como un dictador afro sudamericano, repartía democráticamente las broncas entre todo el personal (incluidos sus mamporreros). Al garçon, obviamente, le caían reconvenciones desabridas más que reprimendas (por lo menos que se viera), pero le caían, no fuera a ser que los manillares de bicicleta pensaran que el viejo se estaba ablandando. Cabe decir que, cuando se le llevaba la contraria sin que pudiera bramar en contra de ello (raro, pero posible), el Emérito empezaba a torcer el hocico y a moverse espasmódicamente de una forma que invitaba a buscar rápidamente un desfibrilador. Ahí fue donde Jaimito trazó un plan de acción para caso de infarto: 1) No llamar al 112 mientras tuviera pulso; 2) Mencionar una planta equivocada, para que las asistencias tardaran el máximo posible; 3) Atascar las puertas de los ascensores con idéntico objetivo. No hubo ocasión de ponerlo en práctica, y no por falta de ganas.

 

En cuanto a Alicia, hay abundantes testigos de cómo la sacaba a empujones de su despacho, le tiraba los papeles por el suelo y le soltaba alguna que otra lindeza (pero siempre tratándola de usted, mira qué majo), que ella encajaba con espíritu deportivo, probablemente pensando en los ceros a la derecha de la nómina de final de mes. Por cierto, era de dominio público que el susodicho le había hecho un bombo a una antigua secretaria, con la que vivía amancebado y a la que se refería en público como “mi querida”, affaire que había mantenido en secreto hasta que la buena mujer se le puso de parto y él tuvo que salir pitando de una reunión para asistir al feliz evento. Pues bien, dicen las malas lenguas que ésta había sucedido a Alicia en el menester de entretener al julay y que el puesto que ocupaba (bastante por encima de sus capacidades) era el pago a dichos servicios. ¿Incluía también dicho pago los empujones y el menosprecio? A saber.

 

Resulta grotesco que, en los tiempos que corren, haya Empresas que mantienen a jenízaros como ése en puestos directivos. Un día, comentando las locuras del Emérito con un vecino que trabaja en RRHH de una multinacional china (por cierto, competidora parcial de DESASTRE S.A.) aquél explicaba que en su Empresa aquel impresentable, al primer chillido a un subordinado recibiría una amonestación privada. Al segundo, ya podía empezar a recoger las cosas del despacho, director general o no, accionista o no. Pero claro, quis custodiet ipsos custodes? El Emérito se aseguró de que el ingeniero le nombrara dictador, como en la Roma antigua, y de que durante el período de desempeño (en Roma solía ser solo un año, aquí fueron veintitantos), quienes tenían el deber de controlarle miraran para otro lado. Tuvo la inmensa suerte de que nadie de los que salieron en globo de DESASTRE S.A. tuviera mala leche, porque un par de denuncias por acoso psicológico hubieran hecho maravillas en su reputación y en la de la Empresa. ¿Os imagináis un “30 minuts” de TV3 dedicado al asunto? ¡Huy, qué idea!

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