2.0 El aterrizaje y los apodos
El aterrizaje
Con la experiencia que acumulaba en chiringuitos (pronúnciese siringuitos) a lo largo de su dilatada carrera laboral, Jaimito Zumalacárregui tenía que haber visto de lejos que DESASTRE S.A. era un marrón extra-luxury y king-size pero, ¡qué queréis!, en su casa tenían la desagradable costumbre de comer todos los días y por lo menos el sector químico lo conocía. De hecho, una vez llegado se dio cien patadas metafóricas en el culo por no haber permanecido en el sector en el 2000, porque el suplente que pusieron tras largarse de Oleastrum seguía allí después de veintitrés años, igual que la customer service (una excelente profesional) que fichó él mismo para ayudarle.
Llegaba a DESASTRE S.A. más quemado que la pipa de un indio y con ganas de asentarse de una puñetera vez los años que le quedaban hasta la jubilación, y por lo menos eso le funcionó. Entró en 2015 y se jubiló en 2023, aunque algunos momentos de aquellos casi ocho años fueron directamente tensos, y no debido al COVID o al confinamiento, sino a la Empresa en sí y a su puñetera plana mayor.
Su colega Juanito Rodriguez solía decir que hay dos tipos de empresa: aquella en la que estás orgulloso de trabajar y aquella en la que trabajar te da asco. Pues bien, para sobrevivir en aquel muladar se requería un estómago de acero inoxidable, que por desgracia no todo el mundo tiene.
Los apodos de la plana mayor
Empecemos por los apodos: cuando Jaimito llegó a aquel pifostio, el consenso local era denominar al Director General “el psicópata”, por razones que en seguida quedarán ampliamente demostradas pero, como quiera que la mesa del currito en cuestión daba en perpendicular al pasillo de entrada y le veía llegar cada mañana con el aire torero que le caracterizaba, le recordó (al revés) la famosa frase americana “Elvis ha abandonado el edificio” y, obviamente, Segismundo Baratech pasó a ser Elvis, porque se creía el rey del rock. Cuando le jubilaron a la fuerza y, a tenor de la edad que tenía, de lo sinvergüenza que era y de lo que se embolsaba del derecho y del revés, pasó a denominársele “el Emérito”, apodo que cuajó rápidamente al ser ampliamente difundido por radio macuto.
Su primer subordinado directo, el jefe de ventas (cuyo inglés era tan limitado que estaba convencido de que Commercial Director equivale a Director Comercial, lo de Sales Manager le sonaba a croata coloquial) y pelota nº 1, era Adalberto Sanchis, tan ignorante como creído, a quien se podría comparar con aquellos mozos de Versalles de la época del Rey Sol que, dada la ausencia de lavabos en palacio, portaban un orinal para que los nobles de la Corte se aliviaran. Según los inefables Monty Python, aquellos mozos eran apodados garçons del pis y, por supuesto, Adalberto fue bautizado rápidamente como “el garçon”.
Por su parte, la jefa administrativa (o así), Margarita Pifarré, de quien por cierto nada se puede decir en cuanto a trato, porque era la amabilidad personificada, otra cosa era su competencia profesional, era un ser etéreo que flotaba por encima de la melé y que por ende no se enteraba de nada, la pobre (no ayudaba que sordeara y que no quisiera llevar audífono), y que fue convenientemente bautizada como Alicia, por vivir eternamente en el País de las Maravillas. De ella no se podía decir directamente gran cosa porque las interacciones con su departamento solían tener lugar a través de sus subordinados, pero los asuntos que llevaba en persona iban más lentos que el caballo del malo, hasta el punto de tenerle que relanzar una y otra vez temas de crédito clientes debido a su inacción. Pero no nos adelantemos.