4.0 El garçon
Vamos a ir de cara: el garçon era un imbécil. Pero era un imbécil con suerte, al haber aterrizado en la Empresa cuando lo hizo, más de veinticinco años atrás, careciendo de formación alguna en química y fichado por el Emérito, que seguía al pie de la letra el consejo de que hay que tener subordinados más tontos que uno, porque así la propia silla no corre peligro; tanta suerte tuvo, que en lugar de flor tenía un garden center en el culo y unas tragaderas impresionantes. Hablando de culos, alguna vez dejó entrever que Jaimito chupaba el del VP Sales (de quien luego se hablará), a lo que obviamente el interesado no pudo replicar por razones obvias y disciplinarias (pegar a un superior es falta muy grave), pero no pudo dejar de reflexionar sobre lo grotesco que resultaba que el garçon acusara a alguien de chupar culos, cuando llevaba tanto tiempo chupándoselo al Emérito que tenía una marca marrón indeleble en el puente de la nariz. Vamos, que era lo que los americanos llaman un brown noser.
En teoría llevaba las cuentas clave, que en total era media docena de clientes, a quienes regalaba los precios a cambio de hinchar su propio presupuesto, además de una gama menor de productos (los estabilizantes), un negocio que siempre pareció muy turbio porque había clientes que a la vez eran competidores. Como en aquel tiempo no se medía al equipo comercial por el margen de contribución sino por el tonelaje vendido, y a los demás comerciales les obligaba a extraer jugosos márgenes de los productos, el resultado final siempre era positivo y él se calzaba un bonus por objetivos que dejaba los otros en mera limosna. A destacar que la política oficial de DESASTRE S.A. era no tener distribuidores, ir directo a todos los clientes y tener distribución donde no había más remedio, amén de no firmar ningún contrato, compromiso de calidad ni nada, para poder negar tres veces, como Simón Pedro, en caso de problemas. Pues bien, esa norma regía para los vendedores, pero no para él. ¡Qué majo!
Ya se ha comentado que el tipo era un idiota, pero además era el tipo de idiota que se cree listo. Además le tenía un odio africano a los clientes, a los proveedores, a los agentes, a los distribuidores, y en general a cualquiera que no fueran él y su mentor. Para él, lo de establecer relaciones win-win era directamente una mariconada, porque cuando llegaba a un acuerdo (fuera de compra o de venta) tenía que salir victorioso, y a ser posible humillando a la otra parte. Nadie alcanzaba a entender en qué escuela de negocios aprendió eso, probablemente en la barra de algún bar, pero diversos responsables de compras de ex clientes de DESASTRE S.A. (algunos, de multinacionales de postín), al oír mencionar al susodicho resoplaban como si se les hubiera mencionado al Anticristo; eso, si no colgaban directamente el teléfono. De hecho, en más de una ocasión al principio de su estancia, Jaimito se puso a llamar por teléfono a antiguos clientes (para recuperar mercado) y se llevó más de un chasco porque los responsables de compras suelen tener memoria de elefante con los proveedores chungos como DESASTRE S.A.; una vez, un cliente directo alemán le dijo a Juanito Rodríguez que no servía de nada tener “un suministrador que no suministra”.
Resulta que el plan de fabricación estaba sujeto a los caprichos del garçon, que no tenía reparo alguno en quitar, poner o mover pedidos de los demás comerciales para dar prioridad a los de sus clientes. A lo largo de su carrera, Jaimito había sido Director Comercial y había llevado clientes clave (los famosos key accounts), pero nunca en la vida se le había ocurrido echar para atrás pedidos de otros comerciales para quedar bien con sus propios clientes. Obviamente, al garçon eso le traía al fresco hasta el punto de que el programa de producción de Planta Ésteres no lo hacía el planificador (por aquel entonces, Iñigo Mediavilla) sino él, colocando las fabricaciones que le daba la gana en las fechas que le daba la gana. Y si otros clientes, asignados a otros comerciales, se quejaban y estos acudían a su despacho a expresarle el natural descontento que semejante actitud generaba, los miraba desde su posición de sentado, parapetado tras su enorme pantalla de ordenador (que utilizaba magistralmente para ver películas de Netflix y hacer pedidos de Amazon), mientras la víctima permanecía en pie frente a su mesa, como un buen cipayo a la espera de recibir las órdenes de su oficial al mando, británico por supuesto. Después de oír su razonable queja, se solía encoger de hombros como diciendo: “¿Y a mí qué coño me importa que quedes como el culo con tus clientes?”. Por cierto, que su despacho era el único que carecía de sillas de cortesía frente a la mesa porque jamás de la vida se dignaba despachar con sus comerciales de tú a tú (o porque el concepto de cortesía le traía al fresco, vaya usté a saber). Todo lo más era una pequeña mesa redonda en un rincón, llena de trastos, provista de un par de sillas para (teóricamente) trabajar codo con codo. En casi ocho años aquella mesa se utilizó para reuniones de trabajo entre ninguna y una vez.
Lo que se dice para Planta Ésteres en general vale para los componentes de suavizante (que se fabricaban allí) en particular, que el garçon tenía casi en exclusiva para uno de sus clientes clave, un fabricante sureño de detergencia, que compraba más de 200 TM por semana, como ya se ha dicho, a precio de peloputa si hacía falta, para que el muyayo llenara su presupuesto. Maravillaba el hecho de que a los otros comerciales les controlaran el crédito de sus clientes hasta el punto de negarle 3000 € de crédito a la filial en España de una enorme multinacional cosmética especialista en cuidado capilar y que al sureño se le concedieran uno, dos o tres millones de euros por la patilla, porque la aseguradora de crédito les tenía clasificados como morosos impenitentes. Y era crédito directo, o sea, de DESASTRE S.A. por lo que, si el sureño hubiera entrado en concurso, hubiera sido el llanto y el crujir de dientes. A lo mejor cuando iba a negociar el precio se lo llevaban de putas porque, cliente clave o no, la cosa era incomprensible. Además, y por lo general cada trimestre, retrasaban pagos o dejaban de comprar durante un mes (marzo era especialmente propicio para ello), con la correspondiente angustia en Administración, donde el personal no pegaba ojo hasta que llegaba el cheque; sí, he dicho cheque: la modernidad no era el fuerte de aquel cliente.
Este individuo (o sujeto, chirría llamarle caballero porque no lo es), tiene una cultura formal que al parecer se limita a un módulo de grado superior en carpintería; domina entre cero y ningún idioma (vamos, su inglés confunde “¿qué hora es?” con “sardinas tengo”). Pues bien, se llenaba la boca menoscabando a todos los demás empleados y directivos del Grupo, a quienes trataba de idiotas o peor, desde los manillares de bicicleta de DESASTRE S.A. en Oficinas o en Planta hasta el C.E.O. de StiCazzi (el ingeniero); pero claro, como gustaba de decir en público, él, que había jugado al fútbol con Messi (léase trabajado a la vera del Emérito), trabajando con los demás, míseros mortales, tenía la impresión de jugar en Tercera Regional. Nadie se atrevió a preguntarle por razones obvias quién era él en el Barça de Messi, si bien había dudas entre Reiziger y Bogarde, más que nada, por lo marmolillos. Aquí cabe confesar que, siendo él forofo del Madrid y Jaimito del Barça, su relación en sentido futbolístico nunca fue fluida, más bien al contrario. Pero, para su gran desgracia, el Emérito era igual de culé que Jaimito, y a éste siempre le dio la impresión de que aquél derivaba un placer malsano del natural repelús futbolístico entre su mano derecha y él.
Quizá hubiera sido posible contemporizar más con el garçon si no fuera por otro aspecto de su personalidad, mucho más estomagante. El hecho es que los manillares de bicicleta se traían un táper y se lo calentaban en la cocina, pero el trío calavera se iba in toto todos los días de la semana a comer fuera y, por lo menos el Emérito y el garçon, tenían la costumbre de usar (y abusar) del vino en las comidas, más el segundo que el primero, por lo que entrar en su despachito por la tarde para que validara un precio o cualquier otra cosa era un ejercicio de contener la respiración debido a los vapores alcohólicos que el individuo emanaba. Eso era un peligro estático, pero había también un peligro dinámico porque, si debido al alcohol interpretaba mal un E-mail, llamaba a filas al autor para empurarle, con la dicción y el raciocinio por demás perturbados. A destacar una tarde en la que se le metió en la cabeza que Jaimito había vendido unos palés de producto en África Meridional palmando pasta, a pesar de que era rigurosamente falso, porque se emperraba en aplicar al transporte el coste de un contenedor completo (20 TM) cuando se trataba tan solo de tres palés (tonelada y media). Pero claro, vete a explicarle a un borracho que las dos pantallas de ordenador que ve sólo son una.
Otra cosa que provocaba vergüenza ajena en Oficinas era su afición por la flauta travesera. Parece ser que, de joven, el garçon había sido músico de banda y consta que coleccionaba flautas. Hasta aquí nada que decir. Pero que tuviera que ir Belinda Serrano (empleada de confianza) hasta su despacho, que distaba sus buenos seis metros de la mesa de ella, para decirle que bajara el volumen de sus solos de flauta porque molestaban en toda la sala común, no parece muy normal. De eso se guardó bastante mientras estuvo el Emérito, pero una vez estuvo solo y sin supervisión de los sanmarineses, ponía el móvil en un soporte encima de la mesa y se ponía a ver capítulos de series o a escuchar solos de flauta. Y si, por casualidad, había que entrar en su despacho para preguntarle algo, no se cortaba ni lo más mínimo sino que miraba al osado como diciendo “Acaba rápido, que tengo faena”.
Jaimito aún recuerda cierta tarde en que Froilán, que utilizaba auriculares con micro para hablar por su móvil con los clientes (más que nada para no molestar a los compañeros, tenía una voz de barítono importante) salió del ala de los comerciales hacia la impresora en busca de un papel, con la mala fortuna de que le viera el garçon, aquella tarde bastante achispado (era jueves, luego se explicará con más detalle) y que, bajo los efectos del Ribera de Duero, le pegara un chorreo por creer que escuchaba música. ¡Dijo la sartén al cazo! ¡Cuando desde la puerta se le podía ver a él respondiendo WhatsApps como un enano y escuchando sus imponentes solos de flauta travesera! A destacar que el biselado del cristal de su despacho impedía que la plebe le viera procrastinando, pero los empleados (alguno había) que medían más de 1,80 m podían ver perfectamente qué serie de Netflix estaba visionando o qué estaba mirando en Amazon.
El inefable plan de transición de los sanmarineses cuando botaron al Emérito (detallado más adelante), pasaba por orillar al garçon. En San Marino, despedir gente da mucho yuyu y además ya se ha dicho que el Grupo era guay del Paraguay y nunca se echaba a nadie, sino que “se iban motu proprio en busca de nuevas oportunidades profesionales”. Bueno, con una excepción: un jueves de un mes de marzo entró un E-mail con una nota de organización en la que se informaba de que nada menos que la Directora de RRHH del Grupo abandonaba la compañía (sin más), efectivo el domingo siguiente y, mientras se cubría la plaza, sería Torretta quien ejercería las funciones. Eso, a cualquiera con experiencia le olía a defenestración fulminante (luego dijeron que no, que había avisado con antelación de que se iba, pero si una cosa parece queso, y huele y sabe a queso, igual resulta ser queso).
Así que, un día de otoño, ya sin el Emérito, se presentó Mortadelo en las oficinas y le comunicó al garçon que no contaban con él como Director Comercial y que le degradaban a vendedor de a pie, manteniéndole el sueldo, pero subordinado a Filemón. Y allí saltó la banca: el garçon, adecuadamente aleccionado por el Profesor Paella (ver más adelante) le informó de que, según la legislación laboral española, aquello constituía una “Modificación sustancial de sus condiciones de trabajo llevada a cabo sin respetar lo previsto en el art.41 del Estatuto de los Trabajadores, y redundando en menoscabo de la dignidad del trabajador” y que, si insistían en ello, instaría la extinción de su contrato de trabajo percibiendo las correspondientes indemnizaciones por despido improcedente. En su caso, más de 25 años en el puesto, 100 k€ de salario bruto, una cláusula de no competencia de unos 100 k€ (típica en un puesto como ese) y un paquete de acciones, pues pongamos unos 400 k€ en total (cuenta la leyenda que él pidió 700; por pedir…).
Y aquí los sanmarineses se cagaron de las patas para abajo (Mortadelo primero, el ingeniero después) porque, en su supina ignorancia de la legislación laboral española, pensaron que dejándole a su aire se aburriría y se largaría solito. ¡Claro, como que es tonto y se va a dejar perder casi medio kilo! Entonces le soltaron a Filemón el embolado de lidiar con un miura embravecido, al que no podía despedir ni cambiar de puesto. Hay que decir que Filemón era un señor muy correcto, que venía de una multinacional canadiense de mucho prestigio y que además era de comunión diaria, lo que en la empresa privada sanmarinesa aún da muchos puntos. Vamos, lo que viene siendo un meapilas. Excuso decir que, aun con la puerta cerrada, las discusiones a gritos entre ambos (en directo o por teléfono) se oían a varios metros del despachito del garçon, cuya puerta solía estar cerrada cuando tenían lugar estos festejos. Pero el resultado estaba cantado: sin poder echarlo, el otro se le subía a las barbas día sí y día también. Resultado neto: Filemón perdió el partido por incomparecencia (porque no tuvo huevos de instalarse en Oficinas y darle la batalla al garçon).
Y entonces vino el siguiente error monumental, fruto esta vez de desconocer la normativa española sobre pensiones: por aquel entonces, el garçon tenía 58 añitos, por lo que no podía optar a pensión minorada hasta los 60 o a pensión completa hasta los 65 (llevaba más de 38 cotizados). Pero dicha pensión sería en todo caso la máxima (algo menos de 3 k€ brutos/mes en aquel momento), minorándosele un 4% por cada año no cumplido entre los 60 y los 65. Al parecer, en San Marino no debe haber tope y los sanmarineses pensaban que, jubilándose a los 60, iba a seguir cobrando buena parte de la pastizara que cobraba en activo, por lo que se dispusieron a esperar un par de añitos... y fue que no. El garçon se aferró como una lapa a la silla, a la espera de que el ingeniero se aburriera de pagarle sueldo y bonus (y aguantar desplantes) y decidiera indemnizarle para que se largara antes, cosa que los contactos de radio macuto en San Marino informaron que tenía una probabilidad extremadamente baja. Todo esto se le tuvo que explicar a Filemón aprovechando una de las (contadas) ocasiones en que se aparecía (como la Virgen) por Oficinas porque claro, sin poder botar al garçon por órdenes expresas del ingeniero, no asumía el control de las mismas. También se le dijo que, si no pisaba el terreno: es decir, si no se instalaba en España total o parcialmente, mal iba a dirigir la unidad de negocio pero, como de costumbre, dio largas. Vamos, como cuando prometió a Jaimito subirle el sueldo y exonerarle del control del garçon, y después le dijo que no podía, que no le dejaban. Pero eso sí, con muy buenos modos y una educación exquisita. Éste debió estudiar en los Jesuitas; lástima que no supiera que su interlocutor lo hizo en los Maristas así que, entre bomberos, mejor no pisarse la manguera o, como se dice en San Marino: “Cane non mangia cane”.