21.10 Ilustres cagadas (X)

 

Viajando con el garçon

De hecho, el que os dije solía viajar poco porque, con su escasa (o nula) aptitud para los idiomas, donde no pasaba por tonto metía la gamba, como cierta vez en un cliente belga, líder mundial en carpintería de PVC, donde acudió con Crispín Bander para una visita. La planta estaba en Flandes, por lo que no es de extrañar que, al llegar y saludar al anfitrión con un excelentemente pronunciado Bonjour, éste le respondiera secamente con un Pas de français ici. Esto pone de manifiesto que el garçon es un hombre de mundo y sabe que los flamencos y los valones se llevan maravillosamente, porque saludar en francés en Flandes es la mejor manera de que la reunión sea un éxito.


Otro motivo de la reticencia a viajar del individuo podía ser su escaso acierto en el vestir. Una vez, y también con Crispín (que, para la ocasión iba de riguroso traje y corbata) se presentó en la sede en Alemania del líder mundial del sector pinturas (uno que tiene un elefante como mascota) vestido con chaquetilla rockera y atuendo informal en general. Obviamente, le tomaron por el chófer de Crispín.


Y este pequeño apartado no estaría completo sin el relato de una visita al mayor distribuidor del mundo de plásticos técnicos, en su sucursal del Benelux, con los mismos protagonistas, que había dejado de comprar tras múltiples reclamaciones, y donde la compradora escuchó sin pestañear el teatrillo de Crispín. Cuando acabó, tomó un grueso (cuatro dedos) dossier que tenía en el regazo, lo abrió por el principio y se lo enseñó a su superior, que estaba sentado a su lado. En honor a la flema y a la profesionalidad, el superior no hizo comentario alguno, pero algo en el rictus que deformó brevemente su rostro hizo que Crispín buscara con la mirada la salida de emergencia. Después, la compradora dijo algo del tipo: “Miren ustedes, cada pedido es un problema; su calidad no es aceptable, así que no se molesten en volver”.

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