21.1. Ilustres cagadas (I)
Errar es humano, eso es indiscutible. Pero el problema se plantea cuando hay quien se cree sobrehumano y por lo tanto inmune a la posibilidad de cometer errores. Pues bien, ese era el caso del Emérito, que se creía Dios y por lo tanto, infalible. En todo caso, eran sus súbditos mortales quienes cometían errores (siempre por desoír sus sabios consejos)… por lo que debían ser castigados. Es muy probable que falte alguna importante, pero vamos a ver si se pueden relacionar aquí algunas de las cagadas más espectaculares (y sus causas últimas, si se conocieren o conociesen).
Pollofarma
Una de las cagadas más icónicas fue el asunto Pollofarma, una farmacéutica eslovena que compraba estearato de magnesio calidad Farma para hacer comprimidos… pero a través de dos intermediarios interpuestos, un revendedor en Croacia y la delegación de éste en Eslovenia. Mal empezamos. Esta buena gente se dio cuenta de que el contenido de un saco de producto (externamente idéntico, aunque con marcas diferentes) que estaba alimentando manualmente a la tolva de un medicamento, olía diferente a lo habitual… cuando ya llevaban un rato metiendo producto a la pastilladora. Normal: era oleato de sodio (un producto para la Construcción) en lugar de estearato de magnesio. Allí pararon máquinas, sacaron toda la producción y la apartaron, se fijaron en las marcas del saco y pasaron una reclamación de 23.000 € por material malgastado y lucro cesante.
En aquel tiempo, el responsable de zona ya era Juanito Ramírez, pero hacía poco que había llegado y el garçon creyó oportuno que Jaimito le acompañara, al tener más experiencia en marrones. El caso era complejo porque, si bien era indiscutible que se había colado un saco del producto B en medio de un palé del producto A con el agravante de que uno era un producto técnico y el otro farmacéutico, también era verdad que el saco iba correctamente marcado como lo que era y el operador del cliente no se había molestado en comprobarlo.
Y os preguntaréis, ¿cómo es posible semejante pifostio? Fácil: el robot de estearatos paletiza dos líneas en paralelo. En una estaban paletizando oleato y en la otra, estearato. Aquél robot se compró de segunda mano (de nuevo, la táctica del salami) y entre los muchos fallos de su software estaba que a veces se liaba y metía un saco de la línea A en la línea B. Esto lo suele ver el empleado que supervisa, pero basta que haya ido a echar una meada o que haya apartado la vista medio minuto de la máquina para que no se dé cuenta. Si además están paletizando saco marrón en una línea y saco blanco en la otra, se ve de inmediato, pero si son sacos blancos en las dos, pues no.
Si añadimos a la complejidad del asunto que el cliente pretendía cobrarnos, además del producto malgastado, lucro cesante, y que el garçon tomó cartas en el asunto con su actitud habitual de toro en cacharrería, entenderéis que el asunto se arrastró casi tres años, con la farmacéutica amenazando con un pleito y el que te dije contestando “mira cómo tiemblo”, hasta que por fin y gracias a que el Emérito entendió que, si no cortábamos por lo sano, el pollo (nunca mejor dicho) podía ser de impresión, negociamos, el cliente aceptó tres o cuatro palés de estearato gratis como compensación (menos de 3.000 € de coste) y aquí se acabó el asunto.
La auditoría
De nuevo con el estearato de magnesio Farma, en el mundillo de las farmacéuticas es habitual que el cliente final pretenda auditar las instalaciones del fabricante, y está en la mayoría de normas ISO de los clientes, pero eso suele ser para APIs (ingredientes activos), muy raramente para excipientes (como nuestro estearato) y desde luego para grandes clientes; tiene poco sentido que te audite un cliente que te gasta un palé cada muerte de obispo. Pero es una forma en que los técnicos de Regulatory de los clientes se marcan viajecitos de seudo vacaciones con la excusa de auditar proveedores.
No sé si lo he dicho antes, pero visitar Fábrica (pese a baldearla a fondo cuando había visita de cliente) era un viaje en el tiempo a la era preindustrial, con depósitos viejos, una destilación más chamuscada que la pipa de un indio y suciedad acumulada durante décadas que ningún baldeo podía eliminar por completo. No extrañará que el Emérito se negara férreamente a ser auditado, citando majaderías (cosecha del garçon) como que sólo dejábamos que nos auditaran clientes con un consumo por encima de 300 TM/año.
Pero hacia 2015, el revendedor de Farma alemán de DESASTRE S.A. había vendido unos palés de magnesio a la filial americana de una farmacéutica de talla mundial (mejor no decir el nombre). Estos se pusieron ternes en auditarnos a través de su filial en España y (presionado por los alemanes) el Emérito tuvo que dar su brazo a torcer. Jaimito no fue invitado al festejo dada su bisoñez en la Empresa, no se le fuera a escapar algo inconveniente, y la visita la manejó el propio Emérito con la entonces responsable de calidad (que sólo duró un año, por cierto). A la salida ambos se mostraron muy satisfechos diciendo que la auditoría había ido muy bien, y se encargó al mindungui de Jaimito el seguimiento, para obtener una copia del preceptivo informe. Le sorprendió bastante que le fueran dando largas durante un año, pero al final lo consiguió. A nadie sorprenderá que pusiera a DESASTRE S.A. de vuelta y media, aseverando que el sistema de calidad simplemente era inexistente, que no había trazabilidad de las materias primas y que, en conclusión, aquello era un desastre (vaya, qué oportuno) sin paliativos. El cabreo del Emérito fue de mucho preocupar. A veces parecía que tuviera una planta imaginaria en la cabeza (la que trasladó él en su día a la España Profunda) y no era realmente consciente de que veinte años con mantenimientos de risa acababan poniendo al descubierto sus vergüenzas. Sea como fuere, era culpable por omisión del deber de proporcionar un mantenimiento correcto, porque en una planta química hay que hacer mantenimiento e inversiones, limitarse a chillar a los empleados tiene efectos de vuelo gallináceo.
Al hilo de lo anterior, en países serios (Italia sería un ejemplo) la ley obliga a que las empresas químicas que declaran beneficios dediquen un 5% de los mismos a mantenimiento, renovación de equipos, etc., en la planta. Durante una buena docena de años DESASTRE S.A. cosechó beneficios de (en promedio) 6 M€ por lo que, si la fábrica estuviera en Italia, hubiera tenido que invertir cada año 300 k€ y no se hubiera llegado a 2020 con unas instalaciones rivalizando con las peores maquiladoras de Sinaloa.