19.0 Fusiones, adquisiciones y masturbaciones
Era un dogma de fe en StiCazzi que, si bien el Grupo a veces crecía orgánicamente (o sea, aumentando capacidad en las diversas Plantas, lo habitual en la industria), al ingeniero lo que realmente le ponía verraco eran las fusiones y las adquisiciones, hasta el punto de que el número de las mismas en los años de existencia del Grupo se citaba como un activo, junto al número de plantas, de instalaciones de I+D o de empleados.
StiCazzi se creó cuando el ingeniero y Torretta buscaron un inversor externo y compraron al INI de San Marino una empresa química en la que eran directivos, perteneciente a un grupo cuya matriz había sido intervenida por el citado organismo público. Se trataba de una fábrica de productos químicos industriales que tenían multitud de usos, basado todo ello en la química del fósforo. Posteriormente, se fueron comprando fábricas aisladas o negocios completos a otros grupos, que fueron configurando el Grupo tal y como se conoce en la actualidad, con media docena de unidades de negocio en sectores de lo más variopinto. Dicen que el dueto directivo se quedó alrededor de un 12% del valor del Grupo, con el grupo inversor poniendo el resto. Vamos un management buyout de toda la vida.
En este mundillo, al que compra le interesa pagar por debajo de 6 veces el EBIDTA, mientras que el que vende intenta sacar 7 u 8 veces el EBITDA. En el caso de DESASTRE S.A. (comprada casi al derribo), los sanmarineses compraron por 2 veces el EBITDA (12 M€) una Empresa que solía tener un EBITDA de 6 M€. Es decir, que en dos años amortizaron la inversión y a partir de allí, todo beneficios.
Ese tipo de negocios era con lo que flipaba el ingeniero por lo que, cuando años después le ofrecieron una empresa española que facturaba lo mismo que DESASTRE S.A. y con un EBITDA similar, pero le pidieron 6 veces el EBITDA, se le heló la sangre y decidió esperar a que se bajaran del burro. El negocio hubiera sido fenomenal porque la otra empresa era muy complementaria de DESASTRE S.A. (tanto en la Cosmética como en el producto técnico); daba acceso a materia prima de origen vegetal mientras que DESASTRE S.A. sólo era fuerte en origen animal; estaba saneada; y disponía de unas instalaciones modernas, a medio camino entre las Oficinas y la Fábrica en la España Profunda, en fin, una ganga. Acudió a verla el propio ingeniero, quien se entrevistó con el dueño en compañía del Emérito y le preguntó por qué se la quería vender, con lo bien que le iba. El dueño le contestó que tenía 70 años (igual que el Emérito), que el año anterior había tenido un problema de salud (igual que el Emérito), que sus hijos no estaban por la labor de continuar con el negocio y que lo que pretendía era vivir tranquilo. Aquí radio macuto nos dice que siguió una risita nerviosa del Emérito, quien dijo que él a sus 70 seguiría al pie del cañón lo que hiciera falta, en un patético esfuerzo por desmarcarse de lo retratado que le había dejado la charleta.
En realidad, y pese a lo similares que eran los negocios en la superficie, ambas empresas eran la noche y el día: las instalaciones de la otra estaban impolutas; se hacía mantenimiento continuo; por haber, había hasta una sala blanca para fabricar productos de alta complejidad; y, ya lo último: TENÍAN ALMACÉN, con todo y muelles de carga, y estanterías robotizadas y códigos de barras. En fin, una mariconada. El ingeniero se comprometió a hacer una oferta, mintiendo como un bellaco porque jamás la presentó y al cabo de pocos meses, coincidiendo con una feria en París, se supo que el dueño se la había vendido a una empresa americana con la que había tenido alguna colaboración, que vio la oportunidad, ofertó y se llevó el gato al agua. Dicen los que estuvieron en la feria que el ingeniero se daba a todos los diablos ante la oportunidad perdida. ¿Pero por qué? Haber ofertado, aunque fuera a la baja y haber negociado, no dar la callada por respuesta esperando que no hubiera otros interesados, para llevarse la empresa por una pitanza… como sucedió con DESASTRE S.A.
Un año o dos después, el grupo inversor paso el relevo a un grupo americano especializado en salidas a bolsa. Bajo la batuta de éste, se compraron dos macro empresas del sector productos para el tratamiento de aguas, que costaron un Congo, pero que permitieron al grupo dar el salto hasta los 600 M€ de facturación (generando casi 500 M€ de deuda a corto plazo, poca broma), con el objetivo declarado de llegar a los 1.000 M€ y entonces salir a bolsa en el parqué de Nueva York. Las circunstancias internacionales, geopolíticas y empresariales parecían (pese a la pandemia en 2019 y 2020) aliarse con el Grupo (con un 2021 de lujo y un 2022 buenísimo), pero al parecer no se llegaba a los míticos 1.000 M€, ni siquiera vendiendo un 20% del Grupo a un inversor árabe. Por lo tanto se llegó a 2023 rozando el larguero pero todavía con unos beneficios espectaculares, que permitieron refinanciar la deuda a corto plazo y chutarla a 2028. Cuando se escriben estas líneas aún no se sabe si los árabes se limitarán a una presencia institucional o bien harán una OPA por el control del Grupo una vez esté en Bolsa. Lo único seguro es que para entonces, el ingeniero y Torretta habrán vendido su parte (les obligan pactos previos, firmados cuando llegó el americano) y se podrán montar una jubilación dorada con 120 M€ en los bolsillos. Los que sigan en el chiringo cuando ello suceda lo verán.