15.0 El final de una era
El motivo último de la jubilación forzada del Emérito fue que (por fin) los sanmarineses, que llevaban más de una década poniendo la manito a final de año para recaudar sus bien merecidos 6 M€ o más de EBITDA sin hacer preguntas (no fueran a obtener respuestas que no querían oír) se dieron cuenta de que algo olía a podrido, y no precisamente en Dinamarca, cuando la Empresa encadenó dos incendios en pocos meses (más sobre esto, más adelante). Bueno, como incendios los describió la prensa local, porque el Emérito prohibió bajo pena de despido fulminante que se pusiera por escrito la palabra incendio, aunque durante cuatro meses no se pudo desdoblar ni una gota de grasa. El problema vino después, cuando pretendió reclamar lucro cesante a la compañía de seguros y fue incapaz de presentar ni un solo E-mail enviado a los clientes informando de semejante suceso. Eso pasa por tomar las decisiones con las gónadas.
Los sanmarineses compraron DESASTRE S.A. al equivalente local del INI por 12 M€ y estuvieron sacando un mínimo de 6 M€ de EBITDA durante 12 años. iMenudo chollo! Pero a partir de los incendios entendieron que el Emérito era más un lastre que un recurso y le invitaron cordialmente a jubilarse. La cosa fue más bien chusca porque en StiCazzi no se puede dar jamás la sensación de que hay mal rollo o de que echas a alguien, así que un mes de julio salió una nota de organización en la que se comunicaba que, tras una larga y gloriosa carrera, el Emérito se jubilaría el 1.º de octubre siguiente, que lo reemplazaría un sanmarinés (Tommaso Badalamenti, pronto bautizado como Mortadelo) y que ambos estarían trabajando en paralelo hasta el 31 de diciembre para garantizar una transición armónica; allí fue donde se acuñó el mote de Badalamenti, bastaba ver su calva en Teams para darse cuenta del parecido más que razonable. Dos semanas más tarde, un lunes para ser más exactos, salió el Emérito aullando de su despacho porque Mortadelo estaba en un avión camino de Barcelona con órdenes de acelerar la transición, para hacerle buscar hotel. El hecho de que no hicieran que nadie le fuera a buscar al aeropuerto, ni que le llevaran al hotel, ni que le llevaran a comer, fue un indicativo del grado de cabreo que llevaba el Emérito, que se materializó en una mini reunión por la tarde (con Mortadelo ya presente) en la que anunció en tono desabrido al equipo comercial que el 1.º de octubre se las piraba como un vampiro, y que nada de ir en paralelo hasta final de año. Por lo que sabemos, el sainete se gestó a partir de que el ingeniero enviara un propio a Fábrica para ver de primera mano cómo estaban las cosas (normal que no lo supiera de suyo, en ocho años había estado en Planta dos veces mal contadas) y ese propio le dijo que, o invertía masiva y rápidamente, o el chiringuito se le caía a pedazos (eso si el gobierno autonómico no se lo cerraba antes, por peligroso), así que decidió cortar por lo sano.
Pero con todo, mala hierba nunca muere e incluso desde fuera, el Emérito sigue formando parte de la vida de DESASTRE S.A. puesto que de vez en cuando y siempre en jueves, sus dos mamporreros se reúnen con él en un restaurante cercano al despacho, para ostensiblemente disfrutar de la típica paella de ese día y, sin lugar a dudas, cascarle los últimos acontecimientos, amén de consultarle qué hacer en los tiempos por venir. Se los ha visto en vivo y en directo bajar por la calle desde el restaurante hasta el semáforo de la esquina del despacho (repetimos: desde las ventanas se domina el cruce), en amor y compañía y bastante cocidos, sobre todo el garçon. Dichas sesiones se han bautizado como las Clases Magistrales del Profesor Paella, que suelen empezar antes de las 14h00 y nunca suelen acabar antes de las 17h00, las 17h30 y en algunas ocasiones la gente se fue a las 18h00 y aún no habían vuelto (¡qué curioso, a más tarde, más cocidos). Por lo que cuentan los viejos del lugar, esa era una antigua costumbre de la antigua fábrica, en que se iban a comer tarde y volvían tardísimo y achispadísimos, por lo que esperaban en sus respectivos despachos a que se les pasara la mona para volver a casa, se entiende que para no tener problemas si les hacían soplar. Muy edificante todo.
Una de aquellas tardes de paella y Ribera de Duero, a Froilán (que estaba amarrado al duro banco en el despacho mientras el garçon escuchaba los sabios consejos del Profesor Paella) se le ocurrió vender una cisterna de materia prima para suavizante a un conocido distribuidor catalán con un margen bastante majo. Cuando el garçon volvió a su mesa (se había ido a las 14h00 y volvió pasadas las 18h00, ya no había nadie en el despacho) y vio el mail del otro para que le validara el precio, le contestó que ni de coña (sin mirarse ni qué producto era ni qué margen había, por favor; ¿somos de pueblo?). Cuando, al día siguiente, Froilán le dijo que el margen era bueno (adjuntando un pantallazo que lo demostraba) y que por encima de ese precio no estaba vendiendo un clavel, el otro en lugar de bajarse del burro, volvió a marear la perdiz confundiendo ese pedido con uno de ocho cisternas de otro distribuidor y bajando el precio por debajo del que decía Froilán. ¡Menos mal que en teoría ya se le había pasado la tajada! Por suerte era viernes, y ese día no se dignaba aparecer por el despacho; él creía que así nos puteaba, refregándonos por los morros que él podía hacer home office y nosotros no, pero el hecho es que no verle el careto los viernes convertía ese día de la semana, ya de por sí bello, en un día maravilloso.
Huy, y una vez mencionado el home office, la razón por la que nuestro magnánimo garçon (que se concedió a sí mismo el derecho a trabajar desde casa todos los viernes) tenía vetado ya no eso, sino el trabajar desde casa en general al resto del equipo comercial, deriva del hecho de que el equipo no secundó un boicot que le montó a Filemón. Vale la pena detenerse en este incidente porque demuestra la mezquindad del uno y la flojera del otro. En plena pandemia (pero ya sin confinamiento) Filemón fue nombrado VP Sales, y se le ocurrió montar una reunión presencial en las oficinas con la fuerza de ventas (en aquel momento, tres vendedores y el garçon). Este último se puso terne en no compartir espacio con los demás, citando la pandemia, y participó en la reunión desde su despacho (a diez metros escasos) por vía telemática. Hay que decir que se tomaron todas las medidas necesarias: el lugar era el mega despacho que había sido del Emérito, todo el mundo usó mascarillas y había ventilación abundante, Mortadelo participó también vía telemática, se supone que desde Fábrica y en la sala había cinco personas (los tres comerciales, Filemón y su adjunto Francesco Calderone). Nadie enfermó de COVID a raíz de aquello, pero al garçon le sentó muy mal que nadie de su equipo hubiera secundado su boicot (porque se trataba de un boicot en toda regla), por lo que tachó a todos de desleales y de traidores y, cuando al cabo de unos meses acudieron a Mortadelo para pedirle el home office, a éste le faltó tiempo para cascárselo al garçon, quien dejó muy claro que mientras él estuviera en su silla, jamás lo concedería, no por motivos operativos, sino como represalia por haberle sido desleales.