13.0 La banda de la cocina

 


Si algo funcionaba en DESASTRE S.A. era la solidaridad entre los manillares de bicicleta. La verdad es que allí todo el mundo (con alguna notable excepción, ya relatada) se llevaba bien. El grupo se reunía en la cocina (por partes, porque no cabía todo el mundo a la vez, y menos durante la pandemia) y durante media hora a tres cuartos se abstraía de los gritos, de las sevicias y de la mediocridad estúpida de quienes mandaban, a la espera de que llegara el día 26, se cobrara la nómina y se tachara otro mes en el calendario.


Roser, Froilán y Jaimito solían abrir turno hacia las 14h00, seguidos de cerca por Jacobo-Alonso; los demás se iban incorporando más tarde, excepto Martina y Aurora, que tenían reducción de jornada por maternidad y, como mucho, venían a calentarse algo a los microondas y volvían a su puesto. Ellas entraban a las 08h00 y salían a las 15h00, por lo que es de entender que una hora antes estuvieran caninas. Juanito era (también en eso) un poco raro, porque tenía la costumbre de comer en su puesto, aunque disponía de una hora como todo el mundo. A veces hacía eso y otras se iba al gimnasio un rato (a mediodía, cosa bastante exótica); un día apareció con una contractura del quince por sobreesfuerzo y estuvo dos semanas a base de antiinflamatorios. La plana mayor solía salir a comer un poco antes de las 14h00 y casi nunca volvía antes de las 15h30 (excepto si tenían un Teams a las 15h00) como ya se ha mencionado… los días de diario; los jueves de paella la cosa podía alargarse bastante.

 

Y aunque no venga a cuento, hay que explicar aquí una anécdota que tiene que ver con el lavabo de hombres. En él había dos cubículos con inodoro y dos urinarios de pie (nada fuera de lo normal). El problema es que, al poco de estar allí, Jaimito se estaba aliviando en uno de los urinarios y le cayó una bronca del Emérito, que entró cuando estaba en plena labor, porque según él no se podían utilizar por instrucciones del personal de mantenimiento del edificio. La cosa parecía del género bufo pero, claro, cualquiera le llevaba la contraria al miura, así que aceptó estoicamente la (en este caso mini) bronca. Pero en una ocasión en que vino el de mantenimiento para arreglar otra cosa, le preguntó por los urinarios y el otro le dijo que no, que aquello había sido una pequeña temporada pero que ya estaba arreglado y, no sólo se podían usar, sino que si no se hacía habría malos olores al resecarse las tuberías. Como se puede imaginar, cualquiera se acercaba al Emérito con aquella información, por lo que los manillares de bicicleta varones decidieron no decir ni mu, pero sí utilizar clandestinamente los urinarios de pie en señal de resistencia a la autoridad establecida. Así, cada vez que uno se aliviaba, se imaginaba que se estaba meando en el Emérito (al grito de "Segismundo, abre la boca") o en su puta madre y, la verdad, se quedaba a gustito.

Entradas populares de este blog

3.0 El Emérito

2.0 El aterrizaje y los apodos

5.0 La Fábrica