21.11 Ilustres cagadas (XI)

  

La pastilladora

Uno de los axiomas que Jaimito aprendió enseguida, poco después de llegar, era que una cosa tan común en el mercado como servir el producto en pastillas ("prills" en inglés) estaba fuera de nuestro alcance (vamos, como el calcio granulado). Para ello, las empresas serias suelen disponer de un cacharro denominado pastilladora, que es más simple que el mecanismo de un sonajero: sacas el producto, aún caliente, del atomizador, lo haces caer sobre una superficie fría y lisa y donde cae forma unas gotas que son las llamadas pastillas.


Pues bien, por haber, había una pastilladora en la Empresa (ver foto), que el Emérito había comprado de tercera o cuarta mano en un país vecino y que había sufrido un accidente durante el transporte, con lo que se había achatarrado aún más de lo que ya estaba. Hizo reconstruir los restos (con lo que la inversión debió resultar tan productiva como la de la unidad de oleína, ver en otro capítulo) y fustigó inacabablemente a los operarios de planta para hacerla funcionar y así alcanzar las ansiadas pastillas (y el aún más ansiado valor añadido).

Cuando llegó Jaimito a aquel gulag, una de las primeras visitas (con el garçon, nada menos) tuvo lugar a la sede europea de una multinacional de verdad, que estaba interesada en nuestra cera amida (como he dicho, un producto que nos salía bastante bien) pero ¡ay!, en pastillas y en base vegetal, para una cantidad anual nada desdeñable y un precio mucho mejor del que nos pagaba el del porexpán. Ni corto ni perezoso, el garçon le prometió a aquella pobre gente muestras del producto pastillado (por aquel entonces se estaba acometiendo la enésima reparación de la pastilladora). Este asunto fue reapareciendo como el Guadiana a lo largo de los años pero al final "fuese y no hubo nada".

La clave del asunto es que, para que el asunto funcione, la cinta metálica donde cae el producto y donde se forman las pastillas, ha de estar lo más fría posible y eso lo consiguen las empresas serias utilizando por ejemplo nitrógeno líquido. Pese a que en Fábrica se disponía de él, nunca se quiso montar la (misérrima) instalación para alimentarlo a la pastilladora y por lo tanto la calidad de las pastillas era vamos a decir que muy básica, y sobre todo, tardaban la intemerata (como tres días) en enfriarse para poderse envasar. Además, la vetustez del aparato hacía que el rendimiento fuera pírrico (digamos unos 200 kg/h) por lo que pastillar un reactor de 24 TM podía tardar una semana... obviamente con el reactor parado hasta acabar el proceso. Por eso, al ingenioso Emérito se le ocurrió pastillar las sobras de un reactor (que fabrica unas 24 TM mientras que un camión completo carga unas 22) pensando que los 2.000 kg sobrantes, a 200 kg la hora sólo le tenían parado el reactor unas 10 h, o sea, algo más de un turno.

Pero la máquina, que era MUY vieja y que trabajaba a alta temperatura, solía romperse cada dos por tres, por no decir que los operarios de planta, acostumbrados a partidas de 24 TM se ponían enfermos sólo de pensar en tirarse 10 horas trabajando con aquel cacharro, despejando pegotes, quitando bloqueos y en general pasando un calor de mucho preocupar para un producto del que se vendía muy poco. Obviamente el Emérito nunca se dignó explicarles que el valor añadido de las pastillas era mayor que el del producto normal y que, más se hubiera producido, más se hubiera vendido.

De hecho, uno de los primeros encargos (léase embolados) que recibió  Jaimito del garçon fue ocuparse del asunto pastillas para una multinacional petrolera que las usaba para un subnegocio, el asfalto para carreteras. Este era un negocio estacional (porque nadie asfalta en invierno) pero en temporada de verano podían caer pedidos a cascoporro de camiones de pastillas, sólo 300 TM/año de la multinacional ya mencionada, y mucho más en otros mercados (porque Jaimito consiguió homologar el producto  para dicha multinacional tanto en Oriente Próximo como en Lejano Oriente)... si hubiéramos tenido producto suficiente. Pero incluso en las (contadas) ocasiones en que la pastilladora se dignó funcionar (con penas, trabajos y juramentos en arameo por parte de Anselmo), nuestra capacidad era pírrica y nuestros plazos de entrega, inacabables.

Y en esto que (post Emérito) desembarcaron los italianos, como Eisenhower de vuelta en Manila, para demostrarnos a los españolitos de a pie cómo se hacían las cosas en una multinacional, non ti preocupare, y designaron a un propio para ilustrarnos sobre cómo había que arreglar la máquina. Al principio nos hicimos todos cruces de por qué les había dado por ahí, pero pronto radio macuto dio con el quid de la cuestión. Resulta que había cierto producto de Cosmética (el mismo que dio tantos problemas en 2023) que estorbaba en una de las plantas italianas porque consumía mucha capacidad con lotes bajos (pese a tener un valor añadido bárbaro) y además se hacía en pastillas, con una pastilladora de la Señorita Pepis que había en aquella planta. Sumen ustedes: producto non grato + pastillado + planta española con pastilladora a la que chutar dicho muerto y ya tienen la ecuación perfecta.

Ahora bien, la Física y la Química son implacables y no se arrugan por mucho ingeniere que se ponga a pontificar. El hecho es que dicho producto (recordemos, sólido en pastillas) fundía a unos 40-45 ºC y en la fábrica de la España profunda eso es moneda de curso legal de mayo a octubre (como poco). Eso frenó (de momento) los intentos de mover el producto italiano a España, pero no los de reacondicionar la pastilladora local por si acaso.

En fin, que a fecha actual las pastillas, ni están ni se las espera.

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